—Tenía tanto miedo de decepcionar a todos…
Le acaricié el cabello.
—Hija, no necesitas enfermarte en silencio para demostrar que eres fuerte. Tu salud vale más que la opinión de cualquier familia.
Cuando regresé al pasillo, encontré a don Arturo esperando.
Había llegado en taxi, todavía vestido con la camisa de su fiesta.
—¿Cómo está mi nuera?
—Viva. Pero sigue delicada.
Miró al suelo.
—Mi cumpleaños terminó cuando ustedes se fueron.
Beatriz se levantó.
—Y pudo haber terminado también la vida de Mariana por tu terquedad.
Don Arturo intentó responder, pero Diego lo interrumpió.
—Papá, mamá me contó cómo nací. Me contó lo que pasó aquella vez.
El anciano palideció.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después caminó hasta la ventana de cuidados intensivos neonatales, donde nuestra nieta descansaba dentro de una incubadora.
Lo seguí.
Don Arturo contempló a la pequeña y se quitó lentamente su reloj de oro.