—No podemos asegurar exactamente qué habría ocurrido, pero el riesgo de convulsiones, hemorragia y otras complicaciones potencialmente mortales era muy alto. El tiempo que ganaron al reconocer la emergencia fue fundamental.
Me miró fijamente.
—Tomó una decisión importante al detenerse y escuchar a su hija. Si hubieran seguido ignorando los síntomas, hoy podríamos estar contando una historia muy diferente.
Por primera vez aquella noche comprendí verdaderamente lo cerca que habíamos estado de perderla.
Cuando entré a terapia intensiva, Mariana estaba despierta.
Tenía el rostro pálido y una pequeña cánula de oxígeno.
—Mamá… ¿mi niña?
—Está viva, preciosa. Es pequeñita, pero los médicos la están cuidando.
Mariana comenzó a llorar.
Le sostuve la mano y le conté que Diego había confesado su mentira.
—No quiero irme a vivir a esa casa —susurró.
—No tendrás que hacerlo si no quieres. Nadie tiene derecho a decidirlo por ti.