Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.

Mi hija la contemplaba como si hubiera recibido de vuelta un pedazo de su propia vida.

Diego se arrodilló junto a su silla.

—Perdóname por mentirte. Perdóname por hacerte sentir que tu opinión no importaba.

Mariana lo miró seriamente.

—No puedo olvidar lo que pasó de un día para otro.

—Lo sé.

—Si vamos a seguir juntos, no quiero más decisiones tomadas a mis espaldas.

Diego asintió.

—Ya hablé con mi padre. No aceptaremos la casa. Voy a buscar otro trabajo y decidiremos todo juntos.

Mi hija lo abrazó, pero también le pidió tiempo para recuperar la confianza.

Me pareció justo. Una disculpa no borra una mentira; apenas permite empezar a repararla.

Aquella tarde bajé por un café con Beatriz.

Fue entonces cuando apareció Socorro, la enfermera de la gasolinera.

Traía un sobre de plástico y los ojos húmedos.

—Señora Carmen, ¿de verdad no me recuerda?

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