Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.

Observé su rostro detenidamente.

Entonces sacó una fotografía antigua.

Aparecíamos dos mujeres frente a un Volkswagen Sedán color crema.

Una era yo, casi treinta años más joven.

La otra era una muchacha delgadita, de cabello largo, que sostenía orgullosamente su licencia de conducir.

—¡Socorrito! —exclamé—. ¡La muchacha que reprobó cinco veces!

Ella soltó una carcajada entre lágrimas.

—La misma.

De pronto recordé aquellas mañanas de domingo.

Socorro vivía en una comunidad rural y quería trabajar como promotora de salud, pero necesitaba aprender a manejar para visitar a las familias.

Había reprobado cinco exámenes prácticos. Su madre ya no podía pagar más clases.

Yo la ayudé gratuitamente y pagué su siguiente intento sin que ella lo supiera.

—Usted me dijo algo que nunca olvidé —recordó Socorro—: cuando tengas dudas en el camino, detente. Llegar tarde es mejor que no llegar.

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