Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.

Se limpió los ojos.

—Aquella noche yo también venía cansada de trabajar. Pensaba seguir manejando, pero recordé sus palabras y entré a esa gasolinera para descansar un momento.

Miró hacia el pasillo donde estaba hospitalizada mi hija.

—Si no me hubiera detenido, nunca habría encontrado a Mariana en el baño.

Sentí un escalofrío.

Durante tantos años había creído que mis clases solamente servían para que las personas consiguieran una licencia.

Jamás imaginé que una antigua alumna terminaría ayudando a salvar la vida de mi hija.

Socorro me tomó ambas manos.

—Ahora coordino un programa de atención médica rural. Tenemos vehículos, pero varias trabajadoras no saben conducir. ¿Aceptaría ayudarnos a capacitarlas?

—Estoy jubilada, muchacha.

Beatriz levantó inmediatamente la mano.

—Pues yo quiero inscribirme también.

Las tres comenzamos a reír.

Por primera vez en mucho tiempo sentí que todavía tenía muchas cosas por enseñar.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *