Cuando subimos a visitar a Mariana, ella y Diego nos tenían preparada otra sorpresa.
—Ya decidimos cómo se llamará nuestra hija —anunció mi yerno.
Mariana sonrió mirando a la enfermera.
—Emilia Socorro.
Socorro se llevó las manos a la boca.
—¿Mi nombre?
—Porque queremos que nuestra hija sepa que una desconocida decidió detenerse para ayudarla cuando todavía no había nacido.
Nos abrazamos las cuatro.
Don Arturo, que había llegado con unas cosas para la bebé, permaneció en silencio junto a la ventana.
Finalmente colocó su reloj de oro sobre la mesa.
—Quiero guardarlo para Emilia. Y que algún día sepa que su abuelo aprendió demasiado tarde que un reloj no puede decirnos qué es lo más importante.
Mariana aceptó el regalo.
Pero le hizo una petición:
—Abuelo, no quiero que Emilia crezca sintiendo miedo de decepcionarte.
El anciano comenzó a llorar.