Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.

—Voy a intentar merecer que algún día confíe en mí.

Emilia pasó treinta y cuatro días en cuidados neonatales antes de regresar a casa.

Diego encontró trabajo en una distribuidora de alimentos de Guadalajara. Ganaba menos que antes, pero se esforzó por reconstruir la confianza de su esposa.

Don Arturo dejó de presionar a su hijo para que entrara al negocio familiar.

Beatriz, por su parte, comenzó sus clases de manejo.

Reprobó su primer examen por estacionarse mal.

En el segundo intento, aprobó.

Salió del automóvil llorando de felicidad.

—¡Carmen, tengo 65 años y por primera vez puedo ir adonde quiera sin pedirle permiso a nadie!

Seis meses después de aquella noche, decidimos visitar a don Arturo un domingo.

Beatriz conducía mi Tsuru. Yo iba de copiloto, mientras Mariana viajaba atrás con Emilia bien asegurada en su sillita.

Al pasar cerca de Zapotlanejo, apareció la misma gasolinera.

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