Beatriz encendió la direccional.
—¿Necesitas algo? —le pregunté.
Sonrió.
—No. Pero hoy quiero detenerme porque yo lo decido.
Estacionó perfectamente.
Entramos a tomar café y pasamos unos minutos conversando sin mirar la hora.
Cuando finalmente llegamos a casa de don Arturo, llevábamos casi media hora de retraso.
Él nos esperaba en la entrada.
Miró a Beatriz bajar del asiento del conductor y después recibió a Emilia en sus brazos.
—Llegaron tarde —comentó.
Mi consuegra levantó la barbilla.
—Nos detuvimos en el camino.
Por un instante temí escuchar otra discusión.
Pero Arturo miró a su nieta, sonrió y respondió:
—Entonces hicieron bien. Lo importante es que llegaron.
Aquella tarde, mientras veía a las tres generaciones reunidas alrededor de una misma mesa, comprendí algo que nunca había enseñado en mis clases.
A veces una mujer necesita detenerse para escuchar su propio cuerpo. Otras veces necesita levantarse de una mesa donde llevan años obligándola a permanecer sentada.