Y algunas necesitan aprender a tomar el volante de su propia vida, aunque tengan 65 años.
Yo fui instructora durante más de treinta años.
Enseñé a miles de personas cuándo acelerar, cómo cambiar de velocidad y de qué manera llegar a su destino.
Pero la lección más importante de mi vida ocurrió aquella noche lluviosa, cuando mi yerno gritaba que íbamos tarde y mi hija me pidió que detuviera el automóvil.
Porque ninguna fiesta, ningún negocio y ninguna tradición familiar valen más que una vida.
Y porque, cuando alguien que amamos nos pide ayuda, lo verdaderamente peligroso no siempre es detenernos.
A veces, lo que puede destruirlo todo es seguir adelante como si no hubiéramos escuchado.