Entonces escuché que alguien intentaba abrir la puerta.
—¿Amor? —era Rodrigo—. ¿Todo bien?
Se me heló la sangre.
—Estoy lavándome la cara.
—Ábreme.
Respiré hondo, abrí apenas y salí con el bulto falso pegado al pecho.
—Voy al estacionamiento por la fórmula de Emiliano.
Rodrigo observó mis brazos.
Luego mi rostro.
—Voy contigo.
—No. Tu mamá dejó todo tirado con los regalos. Ayúdala. Regreso en cinco minutos.
Por alguna razón, me creyó.
Caminé sin correr hasta la escalera de emergencia.
En cuanto la puerta se cerró detrás de mí, saqué a Emiliano de debajo del abrigo.
Sus labios empezaban a ponerse morados.
Bajé tres pisos temblando.
Cuando llegué al estacionamiento, un sedán negro encendió las luces dos veces.
Era mi padre.
Abrí la puerta trasera.
Un paramédico que venía con él colocó oxígeno a Emiliano mientras el auto arrancaba.
El monitor portátil marcó una frecuencia cardiaca peligrosamente baja.