Mis suegros llegaron para celebrar el primer año de mi hijo y todo parecía perfecto hasta que mi padre policía miró detrás de mí y dijo: “No le entregues al niño a nadie”. Yo no pregunté nada; guardé el celular, abracé a mi bebé y salí con calma. Esa misma noche, una llamada grabada y 30 millones de pesos explicaron el verdadero motivo de la fiesta.

Entonces mi teléfono comenzó a sonar.

Rodrigo.

Mi padre me miró por el espejo.

—Contesta. Todavía no puede saber que descubrimos lo que le hicieron.

Acepté la llamada.

—Mariana, ¿dónde estás? —preguntó Rodrigo, respirando con dificultad—. ¿Dónde llevaste a Emiliano?

Miré a mi hijo luchando por respirar.

Y comprendí que el hombre con quien había dormido durante casi tres años podía estar esperando que nuestro hijo muriera.

Lo que yo todavía no sabía era por qué.

Y cuando descubrí la razón, deseé no haber conocido jamás a la familia Mendoza.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

—Estoy en una clínica —mentí—. Emiliano empezó con fiebre.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Qué clínica?

La pregunta salió demasiado rápido.

—Una pequeña, cerca del salón. El médico dice que seguramente es viral. No vengas, acaba de quedarse dormido.

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