“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos.

Sintió claridad.

—¿Lorena preparaba el té que me dabas en casa?

Héctor tragó saliva.

—Ella consiguió las cosas.

—¿Pero tú me las dabas?

—Yo… yo no quería que sufrieras.

Adriana soltó una risa breve, incrédula.

—Me enterraste viva.

—¡El médico dijo que estabas muerta!

—Porque tú le pagaste.

Héctor se llevó las manos a la cabeza.

—No tenía opción. Ibas a descubrir los movimientos de dinero. Ibas a correrme. Me ibas a dejar sin nada.

—¿Y por eso decidiste matarme?

—¡Tú nunca me trataste como tu igual!

Adriana dio un paso hacia la fosa.

—Te di un puesto para el que no estabas preparado. Cubrí tus errores. Pagué tus deudas. Te defendí frente a mi consejo. ¿Sabes cuál fue mi error? Pensar que apoyarte significaba amarte.

Héctor comenzó a llorar.

—Adriana, podemos arreglarlo.—No.

—Te regreso todo.

—Nunca fue tuyo.

—Haré lo que quieras.

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