“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos.

—Ya lo hiciste.

Detrás de las lápidas aparecieron varias luces.

—Héctor Salgado —dijo la fiscal Verónica Ibarra—, queda detenido.

Él miró alrededor, confundido.

Dos agentes se acercaron.

—¡Ella me provocó! —gritó—. ¡Esto es una trampa!

—No —respondió Verónica—. La investigación empezó antes de que usted llegara aquí. Tenemos el análisis toxicológico, transferencias al médico, registros de compra, respaldos de mensajes, la grabación del restaurante y ahora su declaración espontánea.

Héctor buscó a Adriana con la mirada.

—Diles que fue Lorena.

—Lorena también va a responder por lo suyo.

Cuando los agentes lo sacaron de la fosa, Héctor intentó acercarse.

Tomás se interpuso sin tocarlo.

—Hasta aquí.

Por primera vez, Héctor lo vio.

—¿Quién eres tú?

Tomás sostuvo su mirada.

—El hombre que escuchó a tu esposa cuando tú ya la habías dado por muerta.

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