El rostro de Lorena cambió.
Por unos segundos, ninguno fingió.
—¿Quién te mandó eso?
—Adriana.
Lorena soltó una risa nerviosa.
—Adriana está muerta.
—¡Su teléfono me lleva una semana escribiendo!
—Entonces alguien te está manipulando.
—¿Tú?
—No seas ridículo.
Héctor comenzó a acusarla de haber planeado todo para quedarse con el negocio. Lorena, cansada y acorralada, terminó diciendo algo que él no esperaba.
—¿Quedarme con tu negocio? Nunca fue tuyo. Ese fue siempre tu problema. Tú eras el marido de Adriana y nada más.
El golpe fue directo al orgullo.
—Sin mí no habrías llegado a nada.
—Sin ella tú no habrías pisado ni la recepción de uno de esos hoteles.
Héctor palideció.
Lorena tomó su bolsa.
—Yo hice lo que tú no te atrevías a hacer solo. Conseguí el medicamento, controlé sus horarios y cubrí tus errores. Me prometiste la mitad. Ahora resulta que ni siquiera pudiste revisar qué había firmado antes de enterrarla.