Otro.
«¿Cómo puedes irte cinco años sin decírmelo?»
Me quedé mirando aquella frase.
Después me eché a reír.
Lucía se acercó.
—¿Qué?
Le enseñé el teléfono.
Ella puso los ojos en blanco.
—Qué hombre tan extraordinario.
—¿Verdad?
—Te acusa públicamente de fraude académico, pero considera una falta de respeto que no le envíes tu itinerario.
Borré los mensajes.
Bloqueé el número.
Lucía me abrazó.
—Elena.
—¿Sí?
—Prométeme una cosa.
—¿Qué?
—No conviertas estos cinco años en una espera.
La miré.
—¿Es decir?
—No te vayas pensando que algún día él entenderá, te pedirá perdón y entonces podrás cerrar esto.
Me tomó de los hombros.
—Ciérralo ahora.
—Aunque él nunca entienda.
La puerta de embarque abrió.
Miré hacia el corredor.
—Eso pienso hacer.
Adrián llegó al aeropuerto diecinueve minutos
después de que mi avión despegara.