No le dije a mi mejor amigo que me iba cinco años porque me a-cu-só de pla-gio para proteger a otra mujer

Hice amigos.

Conocí a Nadia, una investigadora española con una risa que se escuchaba desde tres pisos de distancia.

A Thomas, un alemán incapaz de cocinar nada que no viniera en una bolsa.

A Mei, que podía dormirse en cualquier transporte público del planeta.

Los viernes íbamos a un pub.

Los domingos caminábamos.

Una tarde, Nadia preguntó:

—¿Tienes novio?

Casi me atraganté.

—No.

—¿Nunca?

Pensé en Adrián.

—No exactamente.

—Eso suena a historia.

—Es demasiado larga.

—Perfecto. Tengo cerveza.

Se la conté.

No todo.

Lo suficiente.

Cuando terminé, Nadia se quedó callada.

—¿Y nunca salieron oficialmente?

—No.

—Pero vivieron emocionalmente casados veinte años.

Me reí.

—Dicho así suena ridículo.

—No.

Negó.

—Suena agotador.

Aquella frase se quedó conmigo.

Agotador.

Yo siempre había llamado a nuestra relación «natural».

«Especial».

«
Inevitable».

Nunca «agotadora».

Pero sí.

Había esperado durante años.

Esperado una confesión.

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