Esperado que terminara su doctorado.
Esperado que los problemas familiares se resolvieran.
Esperado que dejara de cuidar tanto a Camila.
Esperado que entendiera mis celos.
Esperado que me eligiera sin que yo tuviera que pedirlo.
Qué vida tan larga podía construirse alrededor de esperar.
Decidí dejar de hacerlo.
Al segundo año conocí a Samuel.
Era médico.
Nos presentaron en una cena.
No hubo música.
No hubo electricidad.
No sentí que el destino acabara de abrir una puerta.
Samuel me preguntó qué investigaba.
Yo se lo expliqué.
No fingió entenderlo todo.
Hizo preguntas.
Después discutimos sobre una película.
Me acompañó hasta mi edificio.
—¿Puedo volver a verte?
La pregunta me desconcertó.
No porque fuera extraña.
Porque era clara.
—Sí.
Salimos.
Tres veces.
Cuatro.
Al quinto encuentro me preguntó:
—¿Esto te incomoda?
—¿Qué?
—Que te tome la mano.
Miré nuestras
manos.
—No.
—Bien.
Y la tomó.