Así de fácil.
Me di cuenta de algo.
Con Adrián siempre había estado interpretando.
Una mirada.
Un gesto.
Una frase.
¿Esto significa que me quiere?
¿Esto significa que somos algo?
¿Esto significa que algún día?
Con Samuel no había que interpretar.
Si quería verme, lo decía.
Si estaba ocupado, lo decía.
Si algo le molestaba, lo decía.
Al principio me parecía casi poco romántico.
Después comprendí que la claridad podía ser increíblemente romántica.
Nuestra relación duró once meses.
No terminó mal.
Él recibió una plaza en Edimburgo.
Yo no quería mudarme.
Él no quería quedarse.
Nos sentamos.
Hablamos.
Lloramos.
Terminamos.
Durante días pensé:
«¿Así puede acabar una relación?»
Sin acusaciones.
Sin traiciones.
Sin que alguien fuera malo.
Sí.
Podía.
Samuel me enseñó algo importante sin proponérselo.
Que no todo vínculo que termina ha sido un fracaso.