Pese al riesgo de morir de un derrame, abrí la computadora. Revisé las cuentas bancarias. Víctor, mi hermano de toda la vida, había triangulado todo a través de empresas fantasma a nombre de su cuñado. Se robó los contratos gordos, se llevó mi maquinaria, a mis mejores hombres, y me dejó en la empresa vieja puras deudas y un adeudo con los albañiles de casi 5 millones de pesos. Y yo no podía hacer nada. No podía ir a partirle la cara. Un solo pico de presión arterial, un coraje fuerte, y mi cerebro explotaba. Él lo sabía. Robó a un hombre discapacitado, sabiendo que no podía defenderse.
Y ahora, con una empresa robada, traicionado por mi mujer, y con el peso de la ruina sobre mí, estaba a punto de entrar al quirófano. Y justo cuando cerré los ojos para encomendarme a Dios… vi a los camilleros correr. Algo andaba mal.