“No pienso perder mi tiempo al lado de un hombre discapacitado, dame el divorcio”, exigió mi mujer tirando una carpeta sobre mis piernas. Faltaban minutos para mi operación cerebral. A mis 45 años, entendí todo. En lugar de rogarle, firmé el documento con una calma escalofriante y le deseé suerte. Lo que ella jamás sospechó fue el pequeño detalle legal que yo acababa de cambiar en mi testamento esa misma mañana.

Me lo explicaron fácil: era una bomba de tiempo en mi cabeza. Si me alteraba, si mi presión subía, el vaso reventaba y me moría al instante, o quedaba paralizado de por vida, atrapado en mi propio cuerpo, solo pudiendo parpadear. Me prohibieron todo. No podía cargar ni el súper. No podía manejar. Y lo peor: no podía hacer corajes. Yo, el ingeniero rudo que corría por las obras diez horas al día, me convertí en una figura de cristal.

Le di a Víctor un poder notarial generalísimo para manejar la empresa. Lorena al principio fingió apoyo, pero cuando vio que yo ya no resolvía problemas, sino que los era, su actitud se pudrió. Llegaba tarde, suspiraba fastidiada si le pedía un vaso de agua. Yo veía mi matrimonio morir en cámara lenta.

Pero la verdadera estocada vino hace dos meses. Don Miguel, mi maestro de obra más fiel, me llamó de madrugada. “Ingeniero, perdone la hora. Llevamos dos meses sin raya. El licenciado Víctor dice que los clientes no han pagado. Pero vemos que el material y sus máquinas se están yendo a otras obras nuevas, que no son nuestras”.

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