También tenía un socio, Víctor. Empezamos juntos desde abajo. Yo entendía de cimientos, sabía leer planos complejos, sabía cómo amarrar varillas y podía usar un rosario de groserías para explicarle a los proveedores por qué el concreto que mandaron era basura. Víctor, por otro lado, tenía las manos suaves. Nunca había agarrado una pala, pero sabía cómo tomar buen tequila con los políticos del municipio, cómo amarrar contratos jugosos y cómo “resolver problemas” con los inspectores de obras públicas. Íbamos cincuenta y cincuenta. El tándem perfecto.
Pero todo empezó a desmoronarse meses atrás. Estaba en una obra, subí a los andamios a revisar un colado, y de repente el mundo se inclinó. Me dio un vértigo tan brutal que de milagro me agarré del tubo; de lo contrario, habría caído de seis metros de altura contra el cemento fresco. Lo achaqué al estrés. A la semana me pasó manejando. Fui al médico. Me hicieron una resonancia magnética y el doctor, un muchacho joven, dejó de sonreír al ver el monitor. “Cavernoma en el tronco encefálico”, dijo. Un tumor vascular. Y crecía en el peor lugar posible: donde convergen todos los nervios de la respiración y el corazón.