“No pienso perder mi tiempo al lado de un hombre discapacitado, dame el divorcio”, exigió mi mujer tirando una carpeta sobre mis piernas. Faltaban minutos para mi operación cerebral. A mis 45 años, entendí todo. En lugar de rogarle, firmé el documento con una calma escalofriante y le deseé suerte. Lo que ella jamás sospechó fue el pequeño detalle legal que yo acababa de cambiar en mi testamento esa misma mañana.

Por casualidad del destino, estábamos programados juntos porque operaciones de nuestro calibre solo las hacía el mismo equipo de anestesiólogos de élite. Su propio alumno, el doctor Elías, el muchacho al que ella misma le enseñó a sostener el bisturí para que no le temblara el pulso, iba a operarla. Ese mismo día, él abriría primero el cráneo de su maestra, y luego el mío.

A Ana se la llevaron primero. Su camilla pasó junto a la mía empujada por dos enfermeros. Logré decirle, tratando de hacerme el valiente:

—No te rajes.

Ella, sin poder mover el cuello, pero con esa sonrisa tenue, me respondió:

—Nos vemos del otro lado, Pablo.

A mí me metieron cuatro horas después. Mi cirugía duró casi nueve horas. No recuerdo absolutamente nada del proceso, solo la voz lejana del anestesiólogo diciéndome: “Ingeniero, piense en algo bonito. Ahí vamos”.

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