Desperté en terapia intensiva. La primera sensación fue un dolor salvaje, desgarrador en la nuca, como si me hubieran golpeado con un marro de construcción, y un tubo metido hasta la garganta. La segunda sensación fue un milagro: podía mover los dedos de las manos y de los pies. No estaba paralizado. Estaba vivo. La enfermera se acercó, me quitó el tubo con cuidado y me dio un marcador y una pizarra de acrílico. Con letras chuecas y temblorosas, escribí solo una frase: “¿Ana vive?”.
La enfermera levantó las cejas con sorpresa, sonrió con ternura y asintió.
—Está en el cubículo de al lado. Grave, pero estable.
A los cinco días nos pasaron a piso, a habitaciones normales. Después de una craneotomía, la tortura más grande es obligar a tu cerebro a recordar cómo controlar tu cuerpo. La coordinación se hace añicos, el equilibrio no existe. Tienes que aprender a caminar como si fueras un niño de un año. Al séptimo día, me armé de valor, salí al pasillo arrastrando mis pantuflas de hospital, agarrándome de la pared con nudillos blancos. Caminé diez metros y me detuve, sudando frío, a recuperar el aliento.