“No pienso perder mi tiempo al lado de un hombre discapacitado, dame el divorcio”, exigió mi mujer tirando una carpeta sobre mis piernas. Faltaban minutos para mi operación cerebral. A mis 45 años, entendí todo. En lugar de rogarle, firmé el documento con una calma escalofriante y le deseé suerte. Lo que ella jamás sospechó fue el pequeño detalle legal que yo acababa de cambiar en mi testamento esa misma mañana.

En ese momento, la puerta de la habitación de al lado se abrió. Ana salió lentamente. Llevaba un vendaje de gasa enorme alrededor de la cabeza. Ella también se aferraba a la barandilla de la pared como si fuera un salvavidas. Nos miramos.

—Hola —le dije, con la voz ronca.

—Hola también, prometido —respondió ella. Su voz era un susurro débil, pero mantenía ese tono burlón y sorprendentemente pacífico.

Y así comenzamos a caminar. Recorríamos ese pasillo todos los días. Durante tres semanas, íbamos y veníamos. Veinte metros de ida, veinte de regreso. Parecíamos dos ancianos decrépitos. Pero en esas tres semanas, hablé con ella mucho más de lo que había hablado con mi esposa Lorena en los últimos cinco años. No hablábamos de nuestra miseria ni de nuestros tumores. Hablábamos de la vida. Le conté cómo se hacen los cálculos estructurales para un buen cimiento, cómo lidiar con el colado de concreto en pleno verano de Monterrey para que no se agriete, le hablé de mis albañiles, de la pesca en la presa. Ella me escuchaba como si yo estuviera recitando poesía.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *