Ella me habló de su infancia en un pueblo frío, de la primera vez que tuvo el corazón de un niño en sus manos y cómo le temblaban las rodillas. Me contó que su esposo la abandonó hacía ocho años. Era un alto ejecutivo. Un día hizo sus maletas y le dijo: “Ana, ya no aguanto más. Llegas a la casa y hueles a muerte, a sangre, a tragedia de hospital. No puedo con esto, yo quiero viajar, ir a restaurantes, ser feliz”. Ella no le rogó. Había pasado su vida salvando a los hijos de otros, pero no pudo salvar su propio matrimonio. Desde ese día, se encerró en el trabajo.
Una tarde, mientras descansábamos en una banca frente a la ventana del hospital, viendo el tráfico de la ciudad, me dijo algo que me rompió el alma: