—¿Sabes, Pablo? Llevo quince años hurgando en los cerebros de la gente. Conozco cada surco, cada arteria, cada lóbulo. Pero te juro por Dios que sigo sin entender en qué maldita parte del cerebro se esconde la conciencia, y por qué algunos la tienen tan presente, mientras que en otros solo hay un hoyo negro y un vacío absoluto.
A mí me dieron el alta tres días antes que a ella. Tomé un taxi y regresé a mi residencia en San Pedro. Al abrir la puerta, el eco de mis pasos me golpeó. Lorena se había llevado todo. Muebles de diseñador, los televisores gigantes, sus cosas, mis cosas de valor. Hasta la cafetera italiana de la cocina arrancó. Me quedé parado en medio de la sala vacía, mirando las marcas que las patas de los sillones caros habían dejado en la duela de madera, y sentí que una ola de desesperación me ahogaba.