“No pienso perder mi tiempo al lado de un hombre discapacitado, dame el divorcio”, exigió mi mujer tirando una carpeta sobre mis piernas. Faltaban minutos para mi operación cerebral. A mis 45 años, entendí todo. En lugar de rogarle, firmé el documento con una calma escalofriante y le deseé suerte. Lo que ella jamás sospechó fue el pequeño detalle legal que yo acababa de cambiar en mi testamento esa misma mañana.

No tenía empresa. No tenía dinero. Mi esposa me había saqueado. No podía manejar, no podía trabajar físicamente. Era un cero a la izquierda. Un inútil. Me tiré en el único sofá viejo que dejó y ahí me quedé dos días completos. Solo me levantaba para tomar agua de la llave. Sentía lástima de mí mismo, una lástima asquerosa y deliciosa que solo un hombre destruido puede saborear.

Al tercer día por la tarde, sonó mi celular. Un número desconocido.

—Pablo, soy Ana —escuché su voz clara y firme—. Mañana me dan el alta.

—Felicidades —respondí, con la voz pastosa y deprimente.

Hubo un silencio. Ella no me preguntó cómo me sentía. No me tuvo lástima. No me sobó la espalda a la distancia.

—A ver, Pablo, ¿ya pensaste cómo diablos vamos a recuperar tus retroexcavadoras y tu empresa, o te vas a quedar ahí tirado llorando?

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