No tenía empresa. No tenía dinero. Mi esposa me había saqueado. No podía manejar, no podía trabajar físicamente. Era un cero a la izquierda. Un inútil. Me tiré en el único sofá viejo que dejó y ahí me quedé dos días completos. Solo me levantaba para tomar agua de la llave. Sentía lástima de mí mismo, una lástima asquerosa y deliciosa que solo un hombre destruido puede saborear.
Al tercer día por la tarde, sonó mi celular. Un número desconocido.
—Pablo, soy Ana —escuché su voz clara y firme—. Mañana me dan el alta.
—Felicidades —respondí, con la voz pastosa y deprimente.
Hubo un silencio. Ella no me preguntó cómo me sentía. No me tuvo lástima. No me sobó la espalda a la distancia.
—A ver, Pablo, ¿ya pensaste cómo diablos vamos a recuperar tus retroexcavadoras y tu empresa, o te vas a quedar ahí tirado llorando?