Podía discutir durante el divorcio sobre muebles comprados juntos, pero no podía reclamar la propiedad.
Graciela leyó dos veces.
Su rostro pasó del rojo al blanco.
—Andrés… tú me dijiste que este departamento era de los dos.
Mi esposo no contestó.
Ahí comprendí algo más.
Durante años Andrés había permitido que su familia creyera que él era quien sostenía nuestra casa.
Probablemente nunca les contó que yo pagaba gran parte de los servicios.
Nunca les dijo que el departamento era mío.
Nunca mencionó mis trabajos extra.
Para su madre, yo era la mujer humilde que debía agradecer haber sido aceptada en su familia.
Y Andrés había disfrutado esa mentira.
—Mamá, luego te explico.
—¿Luego? —gritó Graciela—. ¡Yo le dije a todo el mundo que mi hijo tenía departamento propio!
No pude evitar sonreír con tristeza.
Ahí estaba la verdadera tragedia para ella.