Algo que cualquier persona podría considerar normal.
Y para mí se sintió como libertad.
Unos meses después vi a Andrés afuera de la escuela de Camila.
Se veía cansado.
Había bajado de peso.
Me contó que estaba haciendo turnos extra porque Graciela no podía pagar sola las deudas de la boda.
Fernanda y Mauricio ya vivían separados.
—Duraron menos de cuatro meses —dijo.
No sentí alegría.
Tampoco lástima.
Solo pensé en todo lo que habían sacrificado para organizar un día que debía impresionar a personas que probablemente ni siquiera recordaban qué habían comido.
Andrés miró mis botas.
—Al final sí te las compraste.
—Sí.
Se quedó callado.
Después miró a Camila, que corría por el patio con sus compañeros.
—También tiene tenis nuevos.
—Sí.
Sus ojos se humedecieron.
—Fui un idiota.
No respondí enseguida.