Camila se rio cuando las vio.
—La abuela las odiaría.
—Por eso están perfectas.
Nos reímos juntas.
Un sábado fuimos al centro.
Entramos primero a una zapatería.
Camila probó varios pares hasta elegir unos tenis cómodos, blancos con detalles rosas.
Caminó por toda la tienda.
—¿Me aprietan?
—No.
—¿Segura?
Movió los dedos dentro del zapato.
—Mira, hasta puedo moverlos.
Tuve que voltear la cara porque se me llenaron los ojos de lágrimas.
Después buscamos mis botas.
No compré las más caras.
Tampoco necesitaba demostrarle nada a nadie.
Elegí unas botas negras de piel, resistentes al agua, con suela gruesa.
La primera mañana que las usé hacía seis grados en Toluca.
Caminé hasta la parada del camión esperando sentir aquella humedad helada de siempre.
Pero mis pies seguían secos.
Fue una sensación absurda.
Algo tan pequeño.