Entonces me reí.
—¿Gracias a Andrés tengo techo?
Todos guardaron silencio.
Saqué de un cajón una carpeta.
—Este departamento era de mi abuela. Me lo heredó antes de que me casara. Está escriturado únicamente a mi nombre.
Andrés palideció.
Graciela miró a su hijo.
—Tú dijiste que también era tuyo.
—Yo… vivo aquí desde hace años.
—Vivir aquí no te convierte en propietario —respondí.
Fernanda empezó a llorar, diciendo que perdería el salón, las flores y el vestido.
—Es mi boda, Natalia. ¿De verdad vas a hacerme esto por unos zapatos?
Aquello terminó de abrirme los ojos.
Para ellos las necesidades de mi hija eran “unos zapatos”.
Sus caprichos, en cambio, eran obligaciones familiares.
Andrés se acercó y me sujetó la muñeca.
—Dame la tarjeta.
Camila apareció corriendo.
—¡Papá, suelta a mi mamá!
Me zafé.
—No vuelvas a tocarme.
Andrés dio un paso atrás.