Alejandro tragó saliva.
—¿Qué es esto?
Rebeca palideció.
—No sé.
Alejandro pasó a la siguiente página.
Había mensajes impresos.
No eran conversaciones entre Rebeca y Valeria.
Eran mensajes entre Rebeca y Alejandro.
“Ya entré a su computadora.”
“La contraseña sigue siendo la fecha de nacimiento de su abuela.”
“Pasa el dinero antes de que revise el estado de cuenta.”
“Dile que el banco cometió un error.”
Rebeca le arrebató las hojas.
—¡Tú dijiste que habías borrado esos mensajes!
Alejandro giró hacia ella con los ojos desorbitados.
—¡Cállate!
Continuó revisando la carpeta con las manos temblorosas.
Había algo peor.
Mucho peor.
Un contrato de préstamo falsificado.
La firma de Valeria aparecía al final del documento, pero Alejandro sabía perfectamente que ella nunca lo había firmado.
Él había calcado su rúbrica seis meses antes para conseguir un préstamo de un millón ochocientos mil pesos.