Valeria bajó la mirada hacia el anillo.
—Lo sabrá muy pronto.
Se marchó unos minutos antes de que Alejandro regresara con Rebeca.
Desde el asiento trasero del automóvil, la hermana de Alejandro hablaba emocionada mientras revisaba en su teléfono fotografías de bolsos, zapatos y joyas.
—Vi una bolsa preciosa en Antara —dijo—. Cuesta casi ochenta mil pesos, pero con la tarjeta de Valeria la podemos sacar a meses.
Alejandro sonrió con arrogancia.
—Después de lo de esta mañana, ya entendió quién manda.
—¿De verdad le aventaste el café?
—Solo necesitaba una lección.
Rebeca soltó una risa corta.
—Siempre te dije que era demasiado orgullosa.
Alejandro estacionó frente al edificio y subió al departamento convencido de que encontraría a Valeria llorando, quizá preparando la tarjeta y los bolsos para entregárselos.
Pero al abrir la puerta se encontró con un silencio extraño.