Leí el mensaje dos veces.
No había preguntado si Alina estaba viva.
No había preguntado cómo se encontraba.
Solo quería controlar lo que yo sabía.
Respondí con una frase.
«Hablaremos cuando tenga toda la información».
Su contestación llegó casi inmediatamente.
«Entonces ya es demasiado tarde».
La caja que mi esposa había escondido
Cuando regresé a la habitación, Alina estaba despierta.
—Lorenzo te ha escrito, ¿verdad? —preguntó.
Me sorprendió que lo supiera.
—¿Cómo lo has adivinado?
—Porque siempre hace lo mismo cuando siente que está perdiendo el control.
Se incorporó lentamente.
—Dante, necesito pedirte algo.
—Lo que quieras.
—En casa, en el armario del estudio, hay una caja azul detrás de los libros de contabilidad. Necesito que la encuentres.
—¿Qué contiene?
—Copias de los documentos originales de la operación financiera. También hay cartas que Lorenzo me envió.¿Por qué las guardaste?
—Porque una vez me pidió que destruyera todos los mensajes. Le dije que lo había hecho, pero no pude.
Me incliné hacia ella.
—¿Hay algo más?
Alina vaciló.
—Una grabación.
Aquella palabra cambió todo.
—¿De qué?
—De una conversación que tuve con Lorenzo hace seis semanas. No sabía que el teléfono seguía grabando.
No quise hacerle más preguntas hasta que estuviera descansando.
Regresé a casa acompañado por Richard. Encontramos la caja exactamente donde Alina había dicho.
Dentro había contratos, extractos bancarios, cartas y una memoria USB.
Pero lo que más me inquietó fue un sobre pequeño con mi nombre escrito a mano.
Lo abrí.
La carta comenzaba así:
Dante:
Si estás leyendo esto, significa que ya no he podido seguir ocultándote lo que está ocurriendo. No sé cómo reaccionarás. Quizá me odies por haber guardado silencio, y no te culparé.
Pero necesito que sepas algo: nunca utilicé mi dinero para comprar tu amor. Lo utilicé porque creía en el hombre con quien me había casado.
Si algún día descubres que alguien de tu propia familia me hizo daño, no permitas que el odio decida por ti. Busca la verdad. Protege a los inocentes. Y recuerda que una persona puede cometer errores por miedo sin dejar de merecer justicia.
Me detuve.
Tuve que sentarme para continuar.
Hay una cosa más que nunca te he contado. La noche en que tu padre murió, él me llamó desde el hospital. Me pidió que cuidara de ti si algún día descubrías que Lorenzo estaba dispuesto a cruzar una línea que nadie debería cruzar.
No entendí lo que quería decir. Ahora creo que él también tenía miedo de algo.
Leí el último párrafo tres veces.
Mi padre había muerto hacía siete años.
Hasta aquel momento, yo había creído que su muerte no guardaba ninguna relación con los problemas de la empresa.
Miré a Richard.
—Tenemos que averiguar qué quiso decir mi padre.
Él asintió, pero no parecía tranquilo.
—Primero revisemos la grabación.
Conectamos la memoria USB a un equipo aislado y escuchamos el archivo.
La voz de Alina sonó débil, pero clara.
—No voy a firmar la modificación, Lorenzo.
Después escuchamos a mi hermano.
—No entiendes lo que está en juego.
—Sí lo entiendo. Quieres controlar las garantías que aporté y utilizar mi firma para justificar transferencias que no puedo explicar.
Hubo un golpe seco, como si alguien hubiera dejado un objeto sobre una mesa.
Lorenzo respondió con una calma aterradora.
—Si sigues haciendo preguntas, Dante descubrirá cosas que lleva años sin querer saber.
—¿Qué cosas?
El silencio duró varios segundos.
Entonces mi hermano pronunció una frase que me dejó sin aliento.
—Pregúntale qué ocurrió realmente la noche en que murió vuestro padre.
La grabación terminó poco después.
Richard me miró.
—Esto es importante, pero debemos autenticarla y entregarla a los investigadores. No sabemos qué significa esa referencia ni si Lorenzo estaba diciendo la verdad.
Yo apenas podía respirar.
Durante años había pensado que conocía cada detalle de la muerte de mi padre.