Miró.
“Sí.”
Esta vez lo dijo distinto.
Luego señaló una esquina.
“Ahí podría ir la mesa pequeña.”
“Y aquí la cafetera.”
“Y el calendario junto a la nevera.”
“Y el cuaderno verde en la cocina.”
Me miró.
“¿También?”
“Sobre todo.”
Volvimos al piso antiguo cuando ya estaba anocheciendo.
En la escalera, mi madre subió despacio.
Se paró en el primer rellano.
Luego en el segundo.
No se quejó.
Nunca se quejaba.
Pero su respiración me dijo todo lo que ella callaba.
Sentí una culpa vieja subirme por el pecho.
“¿Cuántas veces has subido esto sola con bolsas?”
Ella hizo un gesto pequeño.
“Las que tocaban.”
“¿Por qué no me llamabas?”
“Porque tú siempre decías que ibas justo.”
Me apoyé contra la pared.
Esa frase era peor que un reproche.
Porque no tenía rabia.
Solo memoria.
Al llegar arriba, me quité el abrigo.