Cogí una libreta que había en el aparador.
“Vamos a hacer una lista.”
“¿Otra?”
“Esta la escribo yo.”
Mi madre se sentó.
“¿De qué?”
“De cosas que voy a hacer contigo.”
Frunció el ceño.
“No quiero que lo hagas por pena.”
“No es pena.”
“Ni por culpa.”
Me quedé callado.
Porque algo de culpa sí había.
Claro que había culpa.
Pero también había amor.
Y a veces el amor vuelve tarde, con los zapatos sucios y sin saber muy bien cómo pedir permiso.
“Entonces lo haré por memoria”, dije.
“¿Por memoria?”
“Para no volver a olvidarme.”
Ella me miró largo rato.
Luego empujó la libreta hacia mí.
“Escribe.”
Escribí despacio.
Domingo: comer juntos.
Miércoles: llamada sin prisas.
Un sábado al mes: paseo por Valladolid.
Una foto juntos cada estación.
Aprender una receta suya.
Acompañarla al médico cuando ella quiera.