No lo dijo con crueldad.
Lo dijo como se dicen las cosas que ya no sorprenden.
Me senté en la habitación pequeña, la que había sido mía.
En la pared aún quedaba la marca clara de un póster antiguo.
“Lo sé.”
“¿Vas a volver hoy?”
“No. Mañana quizá.”
“Ah.”
Ese “ah” me sonó demasiado parecido a mi madre.
Entonces entendí algo que me dejó helado.
Yo no solo estaba repitiendo mi abandono hacia atrás.
También lo estaba enseñando hacia delante.
“Clara”, dije.
“¿Sí?”
“El domingo quiero que vengas a Valladolid conmigo. Si te apetece. Sin planes raros. Solo a comer con la yaya.”
“¿Sin prisas?”
Cerré los ojos.
“Sin prisas.”
“Vale.”
Y en su voz escuché algo pequeño abrirse.
Como una ventana.
El domingo llegó con frío y sol.
Fui a buscar a Clara a la estación.