Venía con una mochila, los auriculares colgando y esa cara de adolescente que intenta parecer indiferente.
Pero cuando vio a mi madre esperándola en el portal, se le ablandó la expresión.
“Yaya.”
Mi madre abrió los brazos.
Clara se dejó abrazar.
No mucho.
Pero más que otras veces.
Subimos los tres al piso.
Esta vez fui yo quien llevaba las bolsas.
Mi madre había preparado sopa de ajo otra vez.
También croquetas.
Y natillas.
“Has cocinado para un regimiento”, le dije.
“Calla y pon la mesa.”
Clara se rio.
Durante la comida, mi madre contó historias mías.
Las que yo habría preferido que no contara.
Como cuando metí una rana en una caja de zapatos.
O cuando lloré porque no quería que tiraran una silla rota.
O cuando una Navidad me escondí debajo de la mesa porque no quería recitar un poema.Clara me miraba sorprendida.