“Papá, tú eras rarísimo.”
“Gracias.”
“Pero en plan bien.”
Mi madre reía.
Reía de verdad.
Con los ojos pequeños.
Con la mano en el pecho.
Como si el aire le volviera a caber mejor.
Después de comer, saqué el cuaderno verde.
Clara lo vio.
“¿Qué es eso?”
Mi madre se puso un poco nerviosa.
“Cosas mías.”
“Cosas importantes”, dije.
Le expliqué con cuidado.
Sin hacer sentir culpable a nadie.
Sin convertirlo en una escena triste.
Clara pasó algunas páginas.
Leyó en silencio.
Luego miró a su abuela.
“Yaya, ¿puedo escribir una?”
Mi madre parpadeó.
“¿Tú?”
“Sí.”
Le dio el bolígrafo.
Clara escribió con su letra grande y desigual:
“Hacer una merienda con la yaya y que me enseñe a preparar natillas.”
Mi madre se llevó una mano a la boca.
“Pero si eso es muy fácil.”
“Pues mejor. Así no la lío.”