Luego Clara escribió otra:
“Hacer una foto los tres.”
Yo protesté por costumbre.
“Ahora no, que estoy fatal.”
Mi madre me miró.
“No empieces.”
Clara colocó el móvil apoyado en la caja de galletas.
Programó el temporizador.
Nos sentamos en la cocina.
Mi madre en medio.
Yo a un lado.
Clara al otro.
La primera foto salió borrosa.
En la segunda, yo salía con los ojos cerrados.
En la tercera, mi madre se estaba riendo.
Esa fue la buena.
No porque estuviéramos perfectos.
Sino porque estábamos.
La imprimimos días después en una tienda pequeña del barrio.
Mi madre la puso en la nevera del piso nuevo.
Con un imán viejo de Valladolid.
La mudanza no fue fácil.
Nada de lo importante lo es.
Hubo cajas que pesaban más por dentro que por fuera.
Hubo tardes en que mi madre se sentaba en una silla y decía: