“Cinco minutos.”
Y esos cinco minutos eran una despedida.
El último día en el piso antiguo, nos quedamos solos en la cocina.
Ya no había mantel.
Ni cafetera.
Ni calendario.
La pared parecía desnuda.
Mi madre pasó la mano por la mesa.
“Tu padre arregló esa pata dos veces.”
“Lo sé.”
“No. No lo sabes. La primera vez la arregló mal y casi se cae la cena de Nochebuena.”
Nos reímos.
Luego ella dejó de reír.
“Pensé que me moriría aquí.”
La frase me golpeó despacio.
“No digas eso.”
“No lo digo triste, hijo. Lo digo porque una se acostumbra a imaginar el final en un sitio.”
Miró alrededor.
“Pero quizá todavía no toca final.”
Me acerqué a ella.
“No. Todavía no.”
Cerramos la puerta juntos.
Ella metió la llave en el bolso.
No lloró.
Pero bajó las escaleras agarrada a mi brazo desde el primer peldaño.