Quién camina contigo

Camila se aclaró la garganta y apretó la servilleta entre los dedos. “Ernesto, el jueves, en la ceremonia, cada jugadora camina hasta el centro de la cancha con alguien de su familia. Nos dan una rosa roja y nos toman fotos.” Hizo una pausa que me pareció eterna. “¿Caminarías conmigo?” Su voz era suave, pero tenía tanta esperanza que casi me dolió oírla. Yo ya estaba sonriendo, porque ya lo imaginaba levantándose de la silla para abrazarla.

Ernesto dejó el tenedor junto a su plato, despacio, y no me miró. “Cami, creo que ese momento le pertenece a tu padre biológico.”

“¿Qué?”, dijo ella.

“No quiero ocupar un lugar que en realidad no es mío.” Lo dijo con tanta calma, con tanta educación, que por un instante pensé que lo había oído mal. Mateo dejó de contar. En la pared, el reloj de la cocina empezó a sonar como si alguien le hubiera subido el volumen.

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