Camila buscó algo que decir y vi cómo le temblaba la barbilla. Al final susurró que estaba bien. Llevó su plato al fregadero y lo enjuagó. Luego recogió el mío, el de Mateo, el de Ernesto, los vasos y la fuente del pastel, y lo lavó todo sin dejar una sola cuchara sucia. Sin discutir. Sin portazos. Cuando cerró el grifo, se secó las manos, dijo buenas noches y subió a su cuarto. De algún modo, ese silencio dolía más que cualquier grito.
Mateo me miró y preguntó si Camila estaba enojada. Quise enfrentar a Ernesto en ese mismo momento, pero no quería que la noche de Camila terminara siendo algo en lo que él participara solo porque yo se lo había exigido. Esperaba que, después de nueve años, entendiera por sí mismo que ser padre no se trata de compartir la sangre. Se trata de estar. Ernesto terminó de comer sin una disculpa, murmuró que tenía trabajo pendiente y se fue a su bodega de semillas.