Acosté a Mateo, recogí lo que quedaba en la mesa y subí con el corazón apretado. La puerta de Camila estaba entreabierta. La encontré sentada en la orilla de la cama, con el jersey guinda extendido sobre las rodillas, mirando el número diecisiete bordado en la espalda como si pudiera contestarle. Me senté a su lado y le puse la mano en la espalda. “Mi amor, ¿estás bien?” Se encogió de hombros. “Estoy bien, mamá.” Tenía los ojos rojos, y las dos sabíamos que no era cierto.
Nos quedamos un rato calladas. Afuera ladró un perro y se apagó la luz de la casa de enfrente. Camila alisó una arruga de la manga con el pulgar, una y otra vez, hasta que por fin habló sin levantar la vista. “Mamá, ¿tú crees que el abuelo caminaría conmigo?” Sentí que algo se me rompía y se me acomodaba al mismo tiempo.