Quién camina contigo

Mi padre, Aurelio Montes, tenía setenta y nueve años y llevaba cincuenta y uno trabajando su rancho lechero en Los Altos de Jalisco. Desde la operación de cadera caminaba con un bastón de madera, y cada Navidad, cuando cruzaba mi cocina, la punta de goma chirriaba contra el piso. Camila corría a recibirlo desde chiquita, y él siempre traía en el bolsillo del saco un dulce de leche envuelto en papel. Ella lo adoraba, y él a ella.

Le dije que hablaría con mi papá, que él nunca le había negado nada. La abracé hasta que sentí que se le aflojaban los hombros, y cuando por fin se acostó, me quedé un momento en el pasillo escuchando su respiración. No podía creer lo que había oído en la cena. No de Ernesto.

Bajé a la cocina, me eché una chamarra encima y crucé el patio rumbo a la bodega. Quería decirle algo. No sabía qué. Por la rendija de la puerta salía una luz amarilla, y olía a costal y a tierra seca. Empujé apenas la hoja de madera. Ernesto estaba de pie junto al escritorio, todavía con el chaleco de trabajo, con un sobre arrugado en la mano, mirándolo como si pesara cien kilos.

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