No lo hizo.
—Vete, Valeria —dijo mi hijo—. Ya hiciste suficiente.
El taxi desapareció al final de la calle.
Mauricio permaneció inmóvil.
Finalmente habló.
—Perdóname, papá.
Puse una mano sobre su hombro.
—El perdón no arregla las cosas por sí solo.
Asintió.
—Lo sé.
—Entonces empieza por arreglarlas.
Durante los siguientes meses hubo abogados, declaraciones, disputas comerciales y muchas preguntas sobre los archivos robados y la mercancía sustituida. Yo entregué cada registro que Carolina y Javier habían conservado.
No busqué venganza.
Tampoco oculté nada para proteger a nadie.
Aprendí que hay una diferencia enorme entre perdonar a una persona y salvarla de las consecuencias de lo que hizo.
Mauricio dejó la casa voluntariamente.
Alquiló un departamento pequeño en Narvarte.
Durante un tiempo nuestras conversaciones fueron incómodas.
Pero empezó a venir los domingos.
No hablábamos siempre del pasado.
A veces veíamos futbol.