“¡Son las 9! ¿Piensas dormir todo el día?”, gritó mi nuera mientras me vaciaba un vaso de agua helada encima. Ella me llamaba un viejo inútil que “sólo manejaba un camión”, y mi hijo permitía cada humillación. Yo no expliqué nada. Guardé la foto, fui a trabajar y llamé a mi contadora. Lo que encontramos días después podía destruir mucho más que su salón.

Javier asumiría cada vez más responsabilidades operativas.

Yo dejaría algunas jornadas nocturnas.

Algunas.

No todas.

—¿Después de todo esto todavía piensa salir a las tres de la mañana? —preguntó Carolina riéndose.

Miré el reloj de la pared.

Marcaba las nueve.

La misma hora en que meses atrás Valeria me había despertado arrojándome agua helada porque consideraba vergonzoso que un viejo trabajador siguiera dormido.

—Hay cosas que uno hace porque necesita hacerlas —contesté—. Y otras porque recuerdan quién es.

Aquella mañana volví a casa.

Abrí la puerta de mi recámara con mi propia llave.

Habíamos quitado el mobiliario del salón de Valeria.

Volví a colocar el buró de Elena.

Su crucifijo.

La fotografía de bodas en el marco nuevo.

Y el pequeño cuadro del paisaje de Michoacán que ella había comprado durante uno de nuestros aniversarios.

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