Cuando finalmente lo hizo, no saludó como siempre.
—Don Ernesto, venga a la oficina. Necesita ver esto personalmente.
Sobre su mesa había carpetas llenas de estados de cuenta.
Primero me mostró pequeños pagos realizados desde la cuenta familiar a una firma de diseño vinculada con la nueva sucursal de Valeria.
Después apareció algo mayor.
Casi ochocientos mil pesos en muebles, lámparas y decoración que ya estaban dentro de mi casa.
La orden tenía mi nombre.
Y mi firma.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sé —respondió Carolina—. Ese día usted estaba entregando mercancía en Santa Fe. Tenemos los registros del vehículo.
La autorización había salido desde la red de mi propia casa.
Luego descubrimos la cancelación del seguro.
Y los documentos que Mauricio había firmado sin leer.
Pero Valeria todavía quería más.
Una noche organizó una cena familiar. Invitó tíos, primos y amigos de Mauricio.