Martín asintió rápido.
—Voy a cambiar.
—No lo digas por llorar. Dilo con hechos.
Él tomó la tarjeta del banco de la mesa y se la puso en la mano.
Luego hizo algo que ella no esperaba.
Sacó su celular, abrió la aplicación del banco y le mostró la pantalla.
—Desde mañana, lo vemos juntos. Las cuentas, los pagos, todo. Ya no quiero que cargues sola con esto. Y si no hay para chelas, no hay. Si hay para block, va para block.
Maribel lo miró largo rato.
Como si quisiera creerle, pero tuviera miedo.
—¿Y tus amigos?
Martín se limpió la cara.
—Que se rían. Que digan lo que quieran. Ninguno de ellos me está construyendo una casa.
Por primera vez en toda la noche, Maribel sonrió de verdad.
Se sentaron a cenar.
El pollo ya estaba tibio, pero a Martín le supo como banquete.