Miraba el plano entre bocado y bocado.
—¿Aquí sería la cocina? —preguntó.
—Sí.
—¿Con ventana grande?
Maribel sonrió.
—Con ventana grande. Como siempre quisiste tú para mí.
Martín se llevó una mano al pecho.
—Yo pensé que tú ya no te acordabas de esas tonterías.
—No eran tonterías —dijo ella—. Eran sueños pobres, pero sueños al fin.
Al día siguiente, Martín no fue a la fábrica.
Pidió permiso sin goce de sueldo, aunque antes le hubiera dolido perder ese día.
Acompañó a Maribel a Tecámac.
Tomaron combi, luego otro camión, luego caminaron varias calles de terracería.
El terreno estaba cercado con malla oxidada.
No había pasto.
No había sombra.
Solo tierra seca, piedras y un letrero torcido con pintura blanca.
Pero cuando Maribel abrió el candado, Martín entró como quien pisa un milagro.